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Miércoles 04 de febrero de 2026

Unos 25 mil perros cimarrones jaquean la producción ganadera

La proliferación de jaurías asilvestrados en la zona del bosque y el ecotono provocó un desplome histórico en el stock ovino, obligando a los productores a reconvertir sus estancias o abandonar definitivamente la actividad ante la falta de soluciones efectivas.

RÍO GRANDE.- El tradicional paisaje de las estancias fueguinas atraviesa una transformación forzada que pone en riesgo su propia esencia. Lo que durante décadas fue el motor de la economía rural, la cría de ovejas, hoy se encuentra contra las cuerdas debido al avance de los perros salvajes. Este fenómeno dejó de ser un problema aislado para convertirse en una verdadera crisis ambiental que golpea con fuerza la identidad productiva de la isla.

La situación es especialmente crítica en las áreas boscosas, donde los ataques contra el ganado se volvieron moneda corriente. Ante la imposibilidad de proteger a las majadas, la producción lanar dejó de ser una opción en vastos territorios del centro y sur provincial. Esta realidad derivó en una modificación de las estructuras de trabajo que se mantenían desde hace más de un siglo.

Sin embargo, el escenario empeoró en el último tiempo. Los ataques, que originalmente afectaban a las ovejas, ahora se trasladaron también al ganado vacuno y a los terneros. Con este nuevo panorama, la problemática escaló hasta transformarse en un conflicto estructural que afecta a todo el arco agropecuario por igual.

Las estadísticas oficiales son contundentes. Hace apenas diez años, Tierra del Fuego ostentaba un stock de casi un millón de cabezas ovinas. Actualmente, ese número se derrumbó de forma estrepitosa hasta perforar el piso de las 300.000 unidades. Esta caída no solo representa una pérdida económica directa, sino que desarticuló por completo el andamiaje financiero del campo.

En el presente, la actividad solo logra sostenerse en las zonas de estepa abierta, donde el terreno dificulta el escondite de los depredadores. Por el contrario, el ecotono y el bosque se transformaron en el hábitat preferido de estos animales, lo que llevó a que muchos establecimientos bajen las persianas definitivamente.

Como consecuencia de este retroceso, el uso de la tierra sufrió cambios drásticos. Varias estancias terminaron vendidas o destinadas a emprendimientos ajenos a la producción agropecuaria. De esta manera, el oficio del ovejero, figura emblemática de nuestra cultura, se encamina hacia una lenta desaparición del mapa fueguino.

El pase del ovino al vacuno

Buscando una salida a las pérdidas incesantes, un grupo de productores decidió apostar por el ganado bovino, principalmente con la incorporación de ejemplares Hereford por su capacidad de adaptación. No obstante, esta transición se topa con limitantes propias de nuestra geografía.

El volumen de vacunos que puede albergar la provincia está condicionado por la dureza del clima local. Los inviernos prolongados y las temperaturas extremas fijan un techo que es muy difícil de superar. A esto se suma que los terneros tampoco están a salvo de los colmillos de las jaurías.

En muchos casos, la muerte del animal no ocurre por la mordedura directa. El acoso constante de los perros genera tal nivel de estrés que las vacas terminan cayendo a cauces de agua o barrancos en su intento de huida. Así, las bajas indirectas se acumulan en silencio y deterioran la rentabilidad de las empresas familiares.

Un desequilibrio que no deja de crecer

Se calcula que la población de perros asilvestrados ya alcanza las 25.000 cabezas. Estos animales funcionan bajo una lógica de manada, se reproducen de manera silvestre y rehúyen de cualquier contacto con el ser humano. Estas características vuelven sumamente engorrosa cualquier tarea de control o manejo poblacional.

La frondosa vegetación del bosque fueguino les garantiza refugio, agua y alimento de sobra. Este entorno favorece que las jaurías sigan ganando terreno, profundizando una disputa que parece no tener fin.

Frente a este escenario, existe un intento de trabajo conjunto entre el sector privado, las municipalidades y los organismos científicos. Si bien la articulación entre instituciones se perfila como el camino necesario, por ahora los avances logrados son apenas incipientes frente a la magnitud del daño.

Conductas depredadoras y el impacto en el mapa social

Es importante entender que estos perros son antiguos animales domésticos que regresaron a un estado natural. Al perder el vínculo con el hombre, recuperaron instintos de caza grupal que los convierten en cazadores letales y muy eficaces.

Desde una mirada estrictamente ecológica, algunos especialistas señalan que podrían controlar ciertas especies o cubrir espacios de antiguos depredadores que ya no están. En determinadas condiciones, se integran a la cadena alimenticia local.

De todas formas, el saldo negativo es mucho más pesado que cualquier beneficio eventual. Al hostigar tanto a la fauna nativa como al ganado, rompen el equilibrio ambiental y productivo de la región. El gran reto para las autoridades es diseñar planes que mitiguen estos daños sin generar nuevos conflictos.

El costo humano detrás de la crisis

Más allá de los números y las hectáreas, la caída de la producción ovina arrastra consigo un capital social invaluable. El cierre de estancias implica el deterioro de infraestructura histórica y la pérdida de conocimientos transmitidos por generaciones, lo que termina por deshilachar el tejido social del campo.

La falta de horizontes hace que los más jóvenes busquen futuro en las ciudades, dejando a los establecimientos sin mano de obra calificada. El impacto anímico en quienes deciden quedarse a resistir es cada vez más evidente.

Incluso las muestras rurales de la provincia dan cuenta de este giro. Las ferias que antes estaban colmadas de ovejas premiadas hoy muestran casi exclusivamente ejemplares bovinos. La postal del campo de Tierra del Fuego ya no es la misma.

La necesidad de una política integral

El dilema de los perros cimarrones cruza fronteras ecológicas, económicas y sociales. No existen recetas mágicas ni soluciones de un día para el otro, por lo cual se requiere una estrategia de estado pensada para las próximas décadas.

El fomento de la tenencia responsable en las zonas urbanas, la educación de la población y el control de la reproducción asoman como puntos de partida. En el último confín del país, el objetivo es volver a armonizar la naturaleza con el trabajo humano, una tarea que se volvió impostergable para asegurar el futuro de nuestro territorio.