USHUAIA.- La Antártida, con sus inmensas reservas de agua dulce y recursos estratégicos, fue siempre un espacio de vital importancia geopolítica. Aunque Ushuaia mantuvo una posición destacada como punto de partida para el turismo polar, en el ámbito de la logística científica y militar, quedó en una posición secundaria, cediendo terreno frente a otros países. La falta de una infraestructura robusta para el apoyo a sus propios programas antárticos significó que el país perdió oportunidades económicas millonarias que otros sí supieron aprovechar.
Según reza un extenso artículo publicado por la Agencia Finnova, en un giro que buscó revertir esta tendencia, se impulsaron medidas estratégicas para que Tierra del Fuego recuperara un rol central en el continente blanco. En este contexto, el general (R) Edgar Calandín, quien fuera comandante del Comando Conjunto Antártico (COCOANTAR), afirmó que “Argentina tiene una oportunidad histórica para volver a ser protagonista”.

El Basler BT-67, un símbolo de la nueva era
El punto de inflexión llegó con la incorporación de vuelos regulares desde Ushuaia. El protagonista de esta nueva etapa fue el Basler BT-67, un avión especialmente adaptado para las condiciones antárticas. Este robusto aparato, con su capacidad de operar en pistas no preparadas y en glaciares, se convirtió en una pieza fundamental. En la visión de Calandín, esta aeronave se transformó en “una herramienta poderosa”, permitiendo que el Programa Antártico Argentino operara con autonomía, sin depender de terceros para las misiones en la “Antártida profunda”.
El general jubilado sostuvo que la aeronave significó un punto de inflexión. Articulado con una visión de conjunto entre el sector público y privado, podía ser el inicio de un programa antártico moderno, a la altura de los desafíos del siglo XXI.

La lección de Punta Arenas
Calandín hizo una comparación con el modelo chileno, que convirtió a Punta Arenas en un hub antártico de talla mundial. Mientras la ciudad chilena brindó apoyo a más de 24 programas nacionales extranjeros y superó los 200 vuelos por temporada, Ushuaia se limitó principalmente al turismo.
El analista explicó que la diferencia no radicó en los recursos, sino en la organización y la previsibilidad. Chile logró construir un “ecosistema institucional confiable” que generó reglas claras y atrajo la participación privada, un modelo que contrastó con la falta de una política integral en Argentina, que a menudo se vio limitada por la improvisación.

Petrel, la Base que puede cambiarlo todo
El análisis de Calandín también puso de manifiesto la importancia estratégica de la Base Petrel. Por su ubicación, la base fue identificada como el mejor punto de conexión entre la Antártida periférica y la profunda. Su propuesta fue convertirla en un hub logístico-científico con un aeródromo moderno y una infraestructura capaz de dar soporte tanto a las bases argentinas como a las de otros países.
La transformación de Petrel, combinada con la articulación de medios aéreos y marítimos, consolidaría a Tierra del Fuego como la puerta de entrada principal al continente blanco, una meta que el experto consideró alcanzable y necesaria.
Una nueva institucionalidad, una nueva oportunidad
Calandín enfatizó que el principal desafío de Argentina fue la ausencia de una mirada integral. Para solucionarlo, propuso la creación de una Agencia Nacional Antártica. Esta entidad, con una conducción unificada y una visión a largo plazo, podría coordinar la labor del Estado, el sector privado y la academia, dejando atrás la “conducción bicéfala” que históricamente dividió las responsabilidades entre el Ministerio de Defensa y la Cancillería.
En su opinión, el futuro antártico argentino dependió de que se crearan “condiciones para el trabajo, no para la excusa”. La logística polar del futuro requería una articulación sólida y continua, y la oportunidad para Ushuaia se presentó como una ventana que no podía perderse.
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