La legisladora Myriam Martínez le dio veracidad a un rumor que circulaba desde hace varias semanas. Reconoció así la posibilidad de dejar el cargo de vicepresidente del Partido Justicialista como algo ciertamente tangible.
Quienes me escuchan y me leen habitualmente saben de mis cuestionamientos a la legisladora. Sin embargo, debo reconocer que hizo lo que siempre le demandamos a quienes ocupan cargos relevantes: cuando se forma parte de una organización y no se está de acuerdo con quienes conducen, debe darse un paso al costado.
Martínez cursaba su cargo dentro del justicialismo fueguino desde el 2 de mayo de 2021. Y más allá del debate que esa renuncia provoca, el foco está puesto en otro factor determinante para que la legisladora haya tomado tan drástica decisión y es ni más ni menos que el modelo de conducción que ostenta el presidente del justicialismo, el intendente de Ushuaia, Walter Vuoto.
Para mí no es nuevo hablar de esta cuestión. En septiembre de 2022 grabé un podcast que aún podés escuchar en el canal de Costo Político en Spotify, donde a modo de título planteaba la siguiente pregunta: ¿Walter Vuoto es autoridad o líder del Partido Justicialista?
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En ese podcast grabado hace casi 4 años, esbocé la necesidad de discriminar dos instancias completamente diferentes. Porque no lo mismo conducir un partido político que liderarlo. Y sigo convencido que, casi un lustro después, se torna necesario volver a discutir si Vuoto lidera o si, simplemente, ejerce un rol institucional asignado.
En primer término, me parece imperioso aclarar que para poder llegar a alguna conclusión más o menos válida sobre este interrogante es necesario reconocer que la autoridad política es el poder formal y legítimo otorgado por un cargo, basado únicamente en la jerarquía.
Por otro lado, el liderazgo político es la capacidad de influir, inspirar y movilizar seguidores voluntariamente, basado en el reconocimiento y la confianza. Para que se entienda: la autoridad se impone, el liderazgo se gana.
Creo que esa explicación resume en buena medida lo que gran parte del peronismo y el justicialismo fueguino observa. Vuoto es, ante todo, un dirigente legitimado en un cargo pero que está lejos de ejercer un liderazgo que inspire confianza y motivación suficientes como para lograr el resurgimiento de una fuerza política que durante décadas fue la más convocante de la provincia.
Su estilo personalista, por momentos vehemente y en otros errático, sumado a sus constantes cambios de humor lo vuelven particularmente volátil, un rasgo que las estructuras clásicas de poder -como la que él conduce- rechazan de plano.
No es menor enunciar que la autoridad de Vuoto emana de la formalidad de una lista única. Vuoto es presidente del justicialismo fueguino porque los mecanismos internos y los acuerdos de cúpula así lo determinaron en 2021 y 2024.
Sin embargo, el liderazgo implica la capacidad de inspirar y conducir voluntades más allá de la estructura jerárquica. Cuando figuras de peso como Martín Perez o Daniel Harrington marcan distancia, se evidencia que la obediencia al cargo no se traduce en lealtad a la conducción.
Un líder del peronismo, por definición doctrinaria, debe ser capaz de contener a todas las expresiones del movimiento. Sin embargo, se percibe a Vuoto como el líder de una facción que utiliza la estructura del Partido Justicialista para fortalecer a su propio grupo, en lugar de poner la organización al servicio del conjunto.
Y ello tiene una consecuencia ineludible: al gobernar el partido con una lógica de exclusión -o de mesa chica, como se le dice en la jerga- se convierte en un administrador de la sigla, pero deja de ser el referente de síntesis que el peronismo fueguino requiere.
A eso hay que sumarle que, en Tierra del Fuego, el liderazgo real suele medirse por la capacidad de proyección provincial. Vuoto tiene autoridad -aunque cada vez más discutida- dentro de los límites del ejido urbano de Ushuaia, pero su figura encuentra resistencias políticas muy marcadas en Río Grande y Tolhuin.
Si el presidente del justicialismo no logra penetrar políticamente en las otras ciudades sin generar conflictos o rupturas, tal como ha sido hasta ahora un rasgo distintivo de su modelo de conducción partidaria, su mando es geográficamente limitado, lo que lo invalida como líder del justicialismo fueguino en términos integrales.
A su vez que el liderazgo se valida en la capacidad de mantener el orden interno. La reciente renuncia de la vicepresidente Myriam Martínez y el alejamiento de otros sectores es el síntoma de una autoridad que se ejerce por imposición, no por consenso.
Cuando la conducción se vuelve “metodológicamente cuestionable”, como acertadamente señaló Martínez en su renuncia, la autoridad se vacía de contenido político. Se tiene la firma para las actas, pero no la voz para marcar el rumbo estratégico de la militancia. Y es una expresión que alrededor de Vuoto se escucha cada vez con más fuerza.
Vuoto ha subordinado el Partido Justicialista de Tierra del Fuego a las necesidades de su gestión en la intendencia de Ushuaia. Un líder partidario utiliza la estructura de su espacio político para proponer un modelo que vaya más allá del metro cuadrado de su circunstancial poder.
En cambio, una autoridad administrativa utiliza el sello para proteger su propio territorio. Esta municipalización de la conducción partidaria es, quizás, el argumento más sólido para restarle la estatura de líder provincial a Vuoto. Como alguien dijo por allí, no es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.
Y ya que estamos hablando de peronismo, me resulta inevitable mencionar a Juan Domingo Perón. Porque para Perón, la autoridad que se ejerce solo por el cargo es una forma primitiva de mando.
Y lo cito textualmente: “El que conduce no manda, el que manda es un jefe. El conductor persuade, y la persuasión es la base de la conducción”. Queda claro que, a los ojos del mismísimo creador del peronismo, Vuoto no da la talla.
Desde esta óptica, si una autoridad partidaria necesita recurrir a la jerarquía o al reglamento para que lo obedezcan -en lugar de convencer a sus cuadros-, ha dejado de ser un conductor. El líder logra que la gente quiera hacer lo que él quiere que hagan, sin necesidad de ordenarlo. Y Vuoto jamás logró eso. Salvo comprando voluntades a fuerza de repartir cargos y puestos laborales en el cada vez más débil y resentido metro cuadrado que domina a placer hace más de una década.

Asimismo, y para no extender mucho más este análisis que a estas alturas empieza a poner claro sobre obscuros, hay un detalle que no es menor: Perón afirmaba que para que haya unidad, primero debe haber una “unidad de concepción”.
Si la autoridad no logra que todos piensen más o menos igual respecto al objetivo, no hay conducción posible. El 3 veces presidente de los argentinos decía que “la conducción no se ejerce por la imposición de la voluntad del conductor, sino por la interpretación de la voluntad de la masa”.
Porque si una autoridad partidaria ignora los reclamos territoriales o de otros sectores, deja de interpretar la voluntad del conjunto para interpretar solo la propia, perdiendo así su carácter de líder.
En resumidas cuentas, Walter Vuoto detenta el título de presidente, pero el peronismo fueguino hoy es un archipiélago sin almirante. Aunque a Vuoto no le guste, la autoridad es un dato del registro civil partidario; el liderazgo en cambio, es un reconocimiento que la realidad política fueguina le esquiva desde siempre.
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