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Columna de Opinión

Amar como máquinas: ingeniería, subjetividad e historias de amor

¿Y si las máquinas ya hubieran tomado el control? ¿Y si lo hubieran hecho desde hace mucho tiempo de un modo muy distinto al que podríamos imaginar? ¿Y si siempre hemos amado con las mismas máquinas que producimos? ¿Y si la ingeniería produjera más cultura que objetos?

Efectivamente, como plantea Ernst Kapp con su concepto de «proyección orgánica», las máquinas pueden descifrarse como la extroversión en objetos de lo que previamente era exclusivamente una facultad humana. Producto de la ingeniería y sus conocimientos precursores, los dispositivos mecánicos son una materialización que busca desde siempre la liberación de las condiciones materiales de existencia. En esta perspectiva hay que comprender que, en primera instancia, los órganos del cuerpo humano se replicaron en herramientas y máquinas simples; los cuerpos y sus movimientos se concretizaron luego en artefactos y máquinas energéticas y, finalmente, la inteligencia se ha llegado a objetivar en procesadores y máquinas informáticas. 

Máquinas, sistemas mecánicos y redes maquínicas estructuran históricamente los núcleos de los distintos modos de producción como fuerzas productivas multiplicadoras y transformadoras de la energía. Y como todo lo que hay por fuera de esos núcleos no son más que los subproductos de esas máquinas esenciales, en las instituciones ideológicas no hay más que réplicas mecánicas menos materiales y más sublimes.

Ya ha sido dicho antes de mejores formas: no hay más que máquinas. Nuestras fábricas: máquinas productivas. Nuestras instituciones: máquinas sociales cuyo engranaje esencial moldea las interacciones y dinámicas colectivas. Nuestra subjetividad: máquinas psíquicas orquestando identidades. Y precisamente en el centro del complejo mecanismo de producción de subjetividad, el amor emerge como un gran aparato discursivo encargado de ajustar el yo en todas sus manifestaciones. Este dispositivo discursivo del amor se fabrica y se distribuye con toda su imaginería a través de las maquinaciones literarias y artísticas, replicando las formas artefactuales presentes en la infraestructura productiva. 

Resultado secundario de las máquinas que organizan la vida social, generado por la citada mediación de las formas literarias y artísticas, el amor en las formas hegemónicas de cada época puede entenderse, en consecuencia, como una maquinación ideológica retroalimentada y espejada con el núcleo estructural de esos artefactos que en cada momento histórico han sido el soporte central del modo de producción en tanto fuerza productiva preponderante. 

Un primer caso de análisis de esto que decimos, para comenzar en orden histórico, puede verse en la sociedad agrícola, donde las fuerzas productivas que organizan el modo de producción son herramientas y máquinas simples como poleas y palancas, que básicamente son dispositivos que funcionan a partir de la aplicación de una fuerza externa por parte de un agente igualmente externo. Es decir, las palancas y las poleas son aparatos cuya energía no está en el mecanismo sino fuera de él: la energía proviene de un agente externo. Del mismo modo, como reflejo subjetivo de esas máquinas de producción material, puede verse el «amor concertado». El amor concertado es, de forma análoga, un amor pensado, decidido y ejecutado por un agente externo a los amantes, ya sea ese agente divino, familiar o social. Y también tiene una finalidad que los trasciende: la reproducción, la alianza, la herencia y la continuidad comunitaria. 

Así, la historia de amor de Abraham y Sara que cuentan los libros sagrados es una trama característica de este tipo, porque su unión es decidida y guiada por Dios. Pero, además, los fines y objetivos del matrimonio también son puestos por la divinidad y no por los cónyuges. Es Dios el que quiere que de ese matrimonio salga una gran descendencia que será su pueblo. Y aun cuando este objetivo parece que no se puede cumplir —porque en principio Sara cree ser estéril—, es la misma Sara la que le entrega a su esclava Agar a Abraham para que pueda cumplir con el designio divino. Es decir, no solamente el matrimonio en este caso está concertado por una fuerza externa divina, sino que la relación extramatrimonial también está decidida por un agente externo. No son Abraham y Agar los que eligen el vínculo, sino que es Sara la que lo determina. 

La historia de amor de Abraham y Sara es así, claramente, un mecanismo de palanca donde la fuerza externa es Dios y el punto de apoyo, la fe. Y hasta surge una desviación, que es el riesgo de todo este tipo de sistemas multiplicadores de fuerza. La desviación ocurre a partir de la incredulidad, en principio de Sara, que hace que entregue a la esclava para esa relación extramarital. 

Y si el correlato de las fuerzas productivas de la sociedad agrícola es el amor concertado, es claro que eso llega a su fin con la sociedad industrial, porque las fuerzas productivas de esta última van a ser los motores a combustión: estas máquinas térmicas que generan en su interior su propia energía a partir de quemar un combustible y aprovechar la expansión, el cambio de volumen y la temperatura de los gases producidos. Y, por supuesto, estas máquinas que generaron todas las transformaciones sociales y políticas a partir de la Revolución Industrial desarrollaron un correlato de subjetividad absolutamente distinto en el campo amoroso. 

Ese cambio es el «amor romántico», aquel donde la unión la deciden los amantes en el interior y en la dinámica propia de la relación, y cuyo funcionamiento depende de la entrada en régimen de los dos que se aman. El amor romántico privatiza el afecto e interioriza la legitimidad. El prototipo de esto es la historia de Romeo y Julieta, quienes se aman ensimismados, en libertad combinada, confinados en contra del entorno y los obstáculos externos. Es decir, el amor de Romeo y Julieta es un amor cerrado y de dinámica autónoma, como lo es un motor a combustión. Ellos queman también un combustible: el de la imposibilidad, que se transforma en el calor de la pasión, y aprovechan ese calor para dar fuerza a las rotaciones internas de la relación, las cuales producen todo un abanico de trabajos de elevación y desplazamientos discursivos. 

Como toda máquina térmica, el riesgo también para el amor romántico es la entropía o el sabotaje; es decir, la rotura o la salida del régimen en el que el sistema tiene que estar para que funcione correctamente. Si estas máquinas no pueden mantener la estabilidad de sus variables de entrada y salida —esto es, el ciclo de correcto funcionamiento—, hay que esperar lo peor. Y eso es lo que pasa en el final de su historia de amor: la máquina amorosa sale de régimen por una serie de equívocos y decisiones desesperadas que rompen el mecanismo y termina estallando. 

También podríamos hacer el mismo tipo de lectura en la sociedad postindustrial contemporánea en la que nos encontramos actualmente, donde la fuerza productiva y estructurante del modo de producción es la máquina informática, el procesador y las redes de comunicación. Estas máquinas son bien distintas a las térmicas y a las palancas o poleas. Porque, en primer lugar, en ellas la energía fluye en red; se trata de sistemas abiertos a otros similares o compatibles. Trabajan con una muy baja intensidad de energía, lo cual las pone a resguardo de las roturas y el recalentamiento, pero las hace vulnerables al virus y al ruido, es decir, a la propagación de un código maligno de punto a punto. Así, las tecnologías y las redes informáticas son sistemas de alta modulación y gran nivel de traducción porque eso permite la conexión entre distintas terminales. 

Si tuviéramos que pensar en una forma subjetiva, amorosa, análoga a esas redes, tendríamos que pensar en lo que Anthony Giddens llamó «amor confluente»:  de vínculos abiertos, reversibles y adaptativos. Porque el «amor confluente» también es un amor en red basado en señales débiles y compatibilidades altamente modulables, lo que permite justamente la multiplicidad de lazos, las reconexiones y los cambios relacionales sin riesgo de rotura. La apertura, por ejemplo, en la máquina térmica del amor romántico sería imposible porque es un sistema cerrado y la apertura genera necesariamente una parada. En cambio, la maquinaria del «amor confluente» es una estructura donde la desviación o la rotura no son un riesgo. Ya no hay una autoridad externa que determine la unión ni una interioridad profunda que la fundamente: el vínculo emerge de la conexión misma, de la compatibilidad y de la modulación dinámica entre nodos. Su legitimación ya no proviene de una verdad trascendente ni de una autenticidad interior, sino de la capacidad de mantener activa la conexión.

Finalmente, si hay que señalar una obra que concrete un poco esa estructura de red, más que en un texto literario hoy convendría pensar en una serie de televisión como Sense8, de las hermanas Wachowski, que plantea justamente el amor entre ocho personajes de distintas partes del mundo. Ellos no deciden amarse, ni alguien ajeno los mueve a hacerlo, sino que el amor parece subyacerles como una corriente, una sustancia inmanente que hace que se empiecen a conectar a pesar de las distancias, las diferencias, los géneros y las imposibilidades que estos acarrean. La serie es, metafóricamente, una orgía de conexiones entre los ocho personajes, mezclando turismo y relaciones con un poco de suspenso por la amenaza de un grupo que busca alterar la red a través de la inoculación de un agente patógeno.

Y de este modo, en un escenario donde el advenimiento de la inteligencia artificial suscita aprehensiones respecto al posible control que las tecnologías podrían ejercer sobre la esfera social, es preciso reconocer que desde tiempos inmemoriales, a lo largo de toda la historia, la narrativa amorosa y su intrincada ingeniería discursiva es la que nos produce como sujetos: con identidades al servicio y a la medida de las maquinarias que, en lo más hondo de nuestra realidad social, sostienen nuestra vida material. Toda historia de amor es también una pieza de ingeniería de la época.