Clima Rio Grande: ver extendido

Columna de Opinión

El ciclo del poder y el dilema de Melella

Sila se fue. Después de las proscripciones, después de hacer correr la sangre por las calles de Roma, un día renunció al poder, ordenó sus papeles y se retiró a sus tierras. Marco Antonio, en cambio, se quedó. Se quedó hasta el último brindis, hasta la última traición de los aduladores que lo rodeaban, hasta el filo del cuchillo en Alejandría. Plutarco los empareja a propósito en sus Vidas: muestra que la diferencia entre uno y otro no fue de talento ni de carácter — fue de lucidez en el momento del cierre. Veintiún siglos después, en una provincia austral del fin del mundo, un gobernador transita exactamente ese cruce de caminos y no parece advertirlo.

Hay un patrón que recorre la literatura política de Occidente desde que existe la literatura política. Tácito lo dibujó en el epitafio de Tiberio, Maquiavelo lo teorizó en el Libro III de los Discursos sobre Tito Livio, y Plutarco lo dramatizó en las vidas de Sila, Demetrio y Antonio. Los tres están diciendo, con vocabularios distintos, lo mismo: el gobernante atraviesa un arco moral previsible, y la diferencia entre los grandes y los olvidados se juega en un solo tramo, el último. La trayectoria de Gustavo Melella encaja en ese arco con una precisión que incomoda — y es precisamente porque encaja que vale la pena leerla con los clásicos al lado, no como adorno erudito, sino como mapa.

Tácito divide la vida de Tiberio en cinco edades, no biológicas sino morales. Hubo un Tiberio privado, austero y honorable, mientras vivió bajo la sombra protectora de Augusto. Hubo un Tiberio dosificado, que simulaba virtudes cívicas mientras lo contenía la presencia de Germánico y Druso. Hubo un Tiberio ambiguo mientras vivió Livia. Hubo un Tiberio cruel pero encubierto mientras Sejano le servía de máscara. Y hubo, al final, un Tiberio desnudo: arbitrario, vengativo, retirado en Capri, ya sin nadie que le pusiera límite. Sus costumbres fueron distintas según las épocas, escribió. La tesis no es solo descriptiva; es estructural. El poder absoluto, sin contrapesos, acaba revelando lo que las contenciones ocultaban.

Hubo, también, un Melella de su edad augusta. Fue el intendente de Río Grande: gestión de cercanía, presencia territorial, decisiones de obra prolijas, vínculo respetuoso con la comunidad, manejo razonable de las tensiones con el ejecutivo provincial. Un intendente competente y querible, capaz de articular, de escuchar, de moderar. Las dos intendencias dejaron una imagen que aún hoy le sirve como capital simbólico cuando todo lo demás flaquea. Esa fue su prudencia inicial — el primer prestigio del que habla Maquiavelo cuando sostiene, en el capítulo primero del Libro III de los Discursos, que toda república, toda secta religiosa, todo principado contiene en sí algo bueno en que fundan su primer engrandecimiento, y que con el paso del tiempo aquella bondad se corrompe si no ocurre algo que la vivifique. Era, en lenguaje tacitiano, su edad augusta: la del gobernante todavía contenido por la escala y por los contrapesos de un cargo que no permite excesos.

Después vino el gobernador, y el ciclo viró. La provincia es más grande que el municipio, las tentaciones son otras, los contrapesos se afinan, y el carácter — que en el municipio había estado contenido por la escala — empezó a soltarse. Vino la expansión del Estado, los miles de ingresos a planta, el alineamiento con La Cámpora que en su momento le redituó políticamente y que ahora le pesa, la apuesta por la reforma constitucional como mecanismo de perpetuación encubierta de reglas, los choques con los intendentes de Ushuaia y de su propia ciudad de origen, las decisiones tomadas con vara distinta según el destinatario. Fue, para usar la imagen tacitiana, la edad de los velos: cuando el poder todavía simula contenerse pero ya empieza a actuar con la lógica propia del que no acepta freno. La esfera privada — sobre la que prefiero no detenerme porque no es donde se juega lo público, pero tampoco se puede ignorar que existe — agregó a ese tramo un componente de fragilidad reputacional que el oficio del cargo nunca alcanzó a tapar del todo.

La salida, dice Maquiavelo, es una sola: ridurre ai principi, volver a los principios. Pero advierte algo decisivo: ese retorno se produce por prudencia de los ciudadanos o por un suceso exterior que lo imponga. Es decir, el que puede regresar a su origen por mérito propio es excepción; al resto se lo impone una catástrofe, y ya tarde. El suceso exterior, en el caso fueguino, ya ocurrió — varias veces, en realidad: la derrota electoral de 2025, la fractura del peronismo provincial, la rebelión de la Legislatura. La pregunta es si Melella supo leerlos como advertencias o si los procesó como agravios. La respuesta está, dolorosamente, en el tramo actual.

Es el que afronta esa derrota con un gabinete que se fue depurando hasta quedar reducido a su mínima utilidad: una conformación mediocre, integrada por personas más leales que preparadas, elegidas no por mérito ni por aporte técnico sino por consecuencia con el conductor. Es el tipo de entorno que Tácito describe con precisión quirúrgica cuando hace notar cómo el príncipe que ya no tolera matices se rodea de quienes asienten, y termina gobernando con el espejo en lugar de hacerlo con la deliberación. Las renuncias de los últimos meses no son la causa del derrumbe sino su síntoma: lo que se va son los que todavía podían contradecir; lo que queda son los que ya no pueden. Plutarco hubiera reconocido la escena al instante: es el momento exacto en que Antonio empieza a confundir el séquito con el mundo.

El derrumbe, por lo demás, no se discute. Está en los hechos. Está en los jubilados que no cobran en término, en una Caja de Previsión que arrastra una crisis estructural denunciada desde 2024 y nunca resuelta, en los policías retirados que tuvieron que pelear el haber básico en sede judicial. Está en los paros docentes interminables, con un SUTEF que rechazó la oferta del uno por ciento mensual y sostiene medidas de fuerza que ya no tienen fecha de cierre — semanas que se acumulan sobre semanas, un calendario escolar que existe solo en los papeles oficiales, y que en cualquier provincia seria sería motivo de renuncia inmediata del ministro del área y, en muchos casos, de quien lo nombró. Está en el deterioro edilicio escolar que los propios gremios denuncian con un detalle que es difícil leer sin vergüenza ajena: calefacciones que no funcionan, presencia de ratas, escuelas que literalmente se prenden fuego en pleno invierno. Está en un sistema de salud pública que pasó del ajuste a la asfixia, con hospitales que reprograman turnos por falta de insumos básicos, vacantes sin cubrir, paros gremiales sucesivos y una capacidad de respuesta epidemiológica visiblemente degradada.

Y está, sobre todo, en la OSEF. La obra social del Estado provincial es ya una quiebra de hecho sostenida con remiendos administrativos, prórrogas y convenios precarios. Afiliados que reclaman medicamentos llorando en la puerta del directorio, pacientes oncológicos y crónicos sin acceso a tratamientos esenciales, prestadores impagos que cortan servicios, derivaciones que no se autorizan, sillas de ruedas y prótesis que no llegan, y un anuncio de “reingeniería integral” que se sumó al inventario de promesas sin contenido. La OSEF es, hoy, el espejo más cruel de la gestión: el organismo que debería garantizar el derecho más básico de quienes sostienen al Estado con sus aportes terminó convertido en una máquina burocrática de demora que, cuando se trata de enfermos graves, mata por omisión.

La lista sigue. Está la industria fueguina golpeada en simultáneo por el ajuste nacional y por la incapacidad provincial de tejer una defensa estratégica, con despidos en el sector electrónico de Río Grande y Ushuaia. Está el endeudamiento como respuesta única — el paquete de marzo bajo la consigna del “nuevo impulso fueguino” no es un relanzamiento, es una confesión. Y está lo que no aparece en los comunicados pero satura las redes todos los días: el desgaste del vínculo con la calle, la sensación instalada de un gobernador ausente cuando los problemas son urgentes y omnipresente cuando hay cámara, la rotura de puentes con sectores que hasta hace dos años lo acompañaban.

Y está, como corolario institucional de todo lo anterior, la sesión del viernes 22 de mayo. La Legislatura provincial le rechazó el veto a la ley que dejaba sin efecto la reforma constitucional, y lo hizo por once votos contra tres — una mayoría agravada construida no solo con la oposición clásica, sino con la fuga completa del bloque del PJ-Fuerza Patria, hasta hace dos años columna vertebral del esquema oficialista, sumada al Partido Verde. La presidencia de la Cámara, en manos de la vicepresidenta primera Victoria Vuoto —legisladora del PJ disidente y hermana del intendente de Ushuaia Walter Vuoto—, opera ya como contrapoder declarado. Una mayoría así, en una Legislatura de quince bancas, no se arma con maniobras: se arma cuando el poder dejó de inspirar el cálculo de cercanía.

Pero el detalle más elocuente no son los once votos en contra. Es lo que pasó del lado del gobernador. De los tres legisladores que conserva en su bloque histórico de FORJA, solo dos —Federico Greve y Myriam Martínez— acompañaron el veto. El tercero, Federico Sciurano —ex intendente de Ushuaia, ex candidato a gobernador, el de mayor peso institucional del trío y, hasta hace muy poco, el primer legislador del oficialismo—, directamente no fue a la sesión. Se ausentó, según informó, por cuestiones familiares. En política, las cuestiones familiares en una sesión histórica suelen ser una manera elegante de no estar donde el costo público es alto. Es exactamente la escena que Plutarco describe en las últimas semanas de Antonio: los aliados de mayor peso empiezan a marcar distancia, primero con silencios, después con ausencias, y al final con cambios de bando. Sciurano todavía no rompió. Pero ya no está. Y en lenguaje tacitiano, eso significa que ya no quedan Sejanos.

Este es, exactamente, el tramo final del ciclo que describen los tres autores. Tácito diría que el círculo más íntimo se redujo a los que no saben o no se animan a contradecir. Maquiavelo diría que la corrupción del impulso original llegó al punto en que la institución pide ser reconducida a sus principios. Plutarco diría que estamos ante el momento Sila — el cruce de caminos donde el gobernante puede todavía elegir cómo cerrar, o esperar que el cierre se lo escriban otros.

La disyuntiva es nítida. O Melella encuentra adentro de sí lo que Maquiavelo le concede a muy pocos — la prudencia de volver al gobernante que fue cuando era intendente, recortar la ambición personal, recomponer puentes con los municipios, abandonar la lógica de la perpetuación, ordenar las cuentas con realismo, reemplazar la lealtad por la capacidad en los lugares clave del Estado, aceptar la derrota electoral como dato y no como agravio, garantizar que los jubilados cobren, que las escuelas funcionen, que los hospitales tengan insumos, y gobernar lo que queda como un servicio y no como una trinchera —, o se va a quedar atrapado en el patrón de Marco Antonio y de Demetrio Poliorcetes: la espiral final de gestos cada vez más erráticos, la lectura paranoide del entorno, las decisiones tomadas para sobrevivir el día y no para legar nada, y, al cabo, la salida sin grandeza.

El detalle cruel del ciclo, y lo que Tácito formula con más precisión que nadie, es que el gobernante casi nunca se da cuenta de en qué tramo está mientras lo transita. Lo ven los de afuera. Por eso Maquiavelo decía que el retorno a los principios suele necesitar un suceso exterior — porque la lucidez para encararlo desde adentro es la virtud política más escasa de todas. Si Melella la tiene, es ahora cuando se le va a notar. Si no la tiene, el final del ciclo lo va a escribir igual, pero sin él.

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Sila, después de todo, fue uno solo.

Marco Antonios hay muchos.