En estas últimas décadas se ha popularizado el concepto de ‘yoísmo’, es decir, todo lo que necesitamos para vivir y desarrollarnos socialmente se encuentra en nosotros mismos.
Es así que proliferan los textos de autoayuda del tipo ‘piense y enriquézcase’, ‘lo mejor está en ti’, ‘cómo ser exitoso’ y un sinnúmero de títulos parecidos. La psicología define a la autoestima como un sentimiento valorativo de nuestro ser, de nuestra manera de ser, de quienes somos nosotros, del conjunto de rasgos corporales, mentales y espirituales que configuran nuestra personalidad.
Sin embargo, todavía no somos conscientes de qué sucede cuando se mezcla el ‘yoísmo’ con la política y lo que es más peligroso, cuando se mezcla esta conducta con las decisiones de poder.
¿Cuántas veces escuchamos, en los últimos tiempos sobre todo, decir a alguien que “yo pienso, yo creo que.., he decidido que..”, y un largo etcétera?
Y es aquí donde aparecen las señales de peligro. No siempre lo que se decide es lo que realmente se necesita. Se digita lo indispensable y las herramientas que deben ser puestas en práctica por los gobernados.
“La Argentina es una sociedad enferma", dice Daniel Rabinovich, un integrante de Les Luthiers. Y agrega: “Es un país muy desordenado donde la gente se va de boca y donde ir por mal camino es ser vivo e inteligente. Mi país es muy complicado”.
De a ratos parecemos dementes. Confundimos situaciones inesperadas con boicot. Reclamos con desestabilización. Autoridad con acciones faltas de racionalidad.
Hoy se vive la sensación de que estamos en una guerra. No con armas, sino con bombas de palabras. Basta recordar palabras de la Presidente de la Nación tiempo atrás: “No soy genia, si fuera genia haría desaparecer a algunos” (febrero 2010) o el desafortunado “Si quieren un muerto ya lo tienen” (junio2012).
En múltiples ocasiones escuchamos exabruptos similares, no importa de qué sector vienen, el peligro está en que se dicen en voz alta, olvidando a quienes se habla y olvidando que todos están en lugares de representación de alguien o de algo. Que el ‘yoísmo’ que los mueve debe ser cambiado por el ‘nosotros’.
Nosotros, los que somos la mayoría, a quienes no se escucha pero se le ordena cómo elegir, qué pensar, qué hacer, qué decir…
Los años y los gobiernos nos han demostrado que su sistema no funciona para todos por igual. Este tan sólo beneficia a un sector en particular, entre los que se ‘reparte la torta’, cuando deberían estar presentes todos los actores que ‘nos’ representan, y tomar en conjunto las decisiones que ‘nos’ involucran a todos (casi) por igual.
Se me ocurre pensar que, cuando gobierna un determinado color, se legisla en base a su particular doctrina, después viene la captación de adeptos o votantes, el interés general queda en tercer lugar y en todo caso, esto divide, separa y crea nuevas brechas sociales.
Unamos, por un instante, todos estos aspectos y comencemos a presentarlos desde el ‘Yo…’ aunque sea posible que no nos guste el resultado. Ahora cambiemos el ‘yo’ por el ‘nosotros’. Es así como se comienza a sentar las bases, los principios de unidad y cohesión social y política.
La configuración política del ‘nosotros’ puede gozar de amplitud de convocatoria y fuerza más allá de las particulares adscripciones ideológicas, étnicas o de clase, a condición de que se encuentren legítimos y aceptables ejes de vertebración unitaria.
Es interesante leer a la periodista Ángela Sannuti, quién manifiesta: “La vida es un proceso de relación y los problemas de una sociedad son problemas de relación no con abstracciones y teorías sino entre un ser humano y otro. Cada uno forma parte de la sociedad, no se halla separado de ella; aunque muchos la conciben como si fuera una entidad separada de nosotros; nosotros hemos creado la sociedad. Para una profunda renovación es imprescindible liberarnos de todo lo viejo de nuestra forma de pensar, de sentir y de actuar porque hasta ahora ‘…el vino nuevo siempre fue puesto en odres viejos’”.
Tendremos que emprender juntos, largas jornadas de trabajo con nosotros mismos y con los demás para cambiar el ‘yo’ que todos tenemos y vivimos, por el ‘nosotros’. Aprendamos y enseñemos que nadie, ni los que gobiernan ni los gobernados, son el ombligo del mundo.
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