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OPINIÓN
 | 11.11.2017 17:24

La luz, Kuanip y el tiempo

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Fabio Seleme
Fabio Seleme

Licenciado
Secretario de Extensión Universitaria
Facultad Regional Río Grande
Universidad Tecnológica Nacional

Mientras avanza la primavera fueguina, la presencia de la luz se va haciendo cada vez más intensa y perturbadora, hasta llegar a los traumáticos días sin noche del verano, con sus dieciocho horas de luz solar y seis de luz azul, sin un instante de oscuridad total.

La incidencia de la luz tal vez sea el diferenciador temporal más descifrable del periódico devenir en nuestra isla. Porque la preponderancia de la luz o su ausencia marcan, como ningún otro elemento, el ritmo cíclico de los momentos del año. El movimiento entre la abundancia y la falta de claridad signa, para nosotros, la recurrente sucesión de las estaciones, de un modo más notable y certero que los cambios de la vida vegetal, la temperatura o alguna otra condición climática. La luz, con sus metamorfosis, quizás conlleve entonces la peculiaridad originaria de la temporalidad de la isla. 

Lo cierto es que al aproximarnos al solsticio de verano en Tierra del Fuego, esa luz, que rápidamente progresa en su duración con los días, baña todo con un brillante resplandor ondulatorio que se experimenta vibrante y disolvente en los ojos e impresiona el ánimo. La luminosidad se multiplica reflejada en el mar, refractada en la estepa, difuminada en el cielo despejado y destellante en el brillo de las rocas, la nieve y el claro del bosque. Y aquella profusión desbordante de iluminación parece dirigirse aceleradamente a algún tipo de disolución de las cosas en lo blanco.


Algo demasiado divino y escasamente humano se adivina detrás de ese exceso lumínico propio de los días sin ocaso. Así lo entendían también los selknam, para quienes, en contra de toda la simbología arquetípica, la luz representaba el caótico elemento originario, inhumano y, si se quiere, hasta maligno, mientras que el advenimiento de la oscuridad significaba el principio ordenador del mundo de su civilización. Efectivamente Kuanip, el gigante héroe cultural selknam, además del fuego, el arco y las flechas, las artes domésticas y las técnicas de caza, es el que trae especialmente la oscuridad de la noche, como principio organizador del tiempo histórico y mundano de la humanidad. 

Kuanip estira la penumbra en los días y la equipara en el balance anual con la luminosidad, instaurando una erótica del secreto y la caída. Porque la oscuridad viene a permitir la intimidad del sexo entre el hombre y la mujer, y también el sueño, como correlato de la muerte que también instaura Kuanip, poniendo fin a la era Hoówin de los inmortales.  

A tal punto valoraban la nocturnidad los selknam que, según señala Lucas Bridges, ellos confiaban positivamente en que la hazaña de su héroe estaba haciendo los días más cortos y las noches más largas conforme pasaban los años. Ahora bien, esta preferencia mítica por la oscuridad, que podríamos considerar una excepción antropológica, inesperadamente aparece, sin embargo, como un punto de conexión entre los selknam y nosotros, ya que nuestra principal fiesta cultural celebra también la "noche más larga" y no el día. Esta conexión nos sugiere que tal vez, la epopeya del héroe que terminó con la obscena luz eterna de la inmortalidad, hable de nosotros y nuestro tiempo austral mucho más de lo que pensamos. Porque la deriva de Kuanip no solo devela conceptualmente que la experiencia de nuestro flujo existencial se acompasa en el tránsito de la colosal variación del flujo de luz que nos prohíja, sino que marca además eternamente nuestro cielo. Esto es así, ya que Kuanip luego de padecer también las vicisitudes que acarrean el tiempo y la muerte que él mismo ha traído, se pinta de rojo en señal de melancólico luto y asciende al firmamento en forma de estrella, regulando la interinidad de los mortales.

Claro que descifrar cuál es esa luz nocturna que marca el tiempo en nuestra isla no es una tarea sencilla ya que los antropólogos no se ponen de acuerdo. Para Anne Chapman, Kuanip y su familia son la Cruz del Sur, por lo que podemos suponer que el héroe es Ácrux (la estrella más brillante de aquella constelación). Sin embargo, para Martín Gusinde, Kuanip es Betelgeuse, la estrella insignia de la constelación de Orión. Y finalmente para Lucas Bridges, Kuanip es Antares, la principal estrella de la constelación de Escorpio.

Sin embargo, el propio mito puede ayudar a resolver ese problema. En ese sentido, el carácter rojizo con el que Kuanip asciende a los cielos descarta a Ácrux (estrella azul) y deja a Antares y Betelgeuse como candidatas, ya que el color rojo las distingue. Y para decidirse por Antares antes que por Betelgeuse, debe repararse en que, mientras la segunda tiene un movimiento insignificante sobre Tierra del Fuego, la primera describe, mirando al este desde nuestra isla, un movimiento anual de sur a norte, brillando con todo su esplendor en mayo y junio con la llegada de la oscuridad invernal, para luego bajar de norte a sur hasta desaparecer por unas semanas en el verano, cuando la luz abunda y vuelve a estirarse el día. Así, el brillo de Kuanip (Antares) en el firmamento nocturno señala con su avance la llegada de la larga noche (que es su don) y con su retroceso la amenaza de la luz primigenia. 
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